Bous al Carrer
SE LLEVA DENTRO.
El temor habita en quien espera durante horas apoyado en una barrera, en el recortador que mide la distancia con el toro sabiendo que no hay margen de error, y en el silencio denso que precede a la embestida. Frente a ellos, toros astifinos, íntegros, cuya naturaleza es clara y honesta: embestir, coger y cornear. Es duro decirlo, pero forma parte inseparable de esta verdad que nadie puede ni debe edulcorar: incluso la muerte está presente. El toro es alegría, fiesta, hermandad y jolgorio. Es calle, plaza y pueblo. Es tradición compartida, emoción transmitida y una pasión que atraviesa generaciones. Pero junto a esa cara luminosa convive otra más sombría, que todos conocemos aunque muchas veces apartemos la mirada. Son demasiadas las historias que no terminaron con aplausos, sino con dolor; no con celebración, sino con un recuerdo eterno de alguien que quedó para siempre bajo las astas. El riesgo no entiende de escenarios. Está presente tanto en la calle más pequeña del mundo como en la plaza de toros más importante; da igual que se trate de una corrida formal o de un concurso de recortes. La cornada guadaña a escasos centímetros en cada embroque, en cada quiebro, en cada salto o en cada arrancada. La mayoría de las veces, por fortuna, corta únicamente el aire. Pero en una proporción infinita, alcanza la carne y brota la sangre. O no brota. Y en una probabilidad todavía más pequeña, pero real, se lleva una vida. Son cientos los nombres a lo largo de la historia. O quizá miles. No lo sabemos con certeza, porque no existe un estudio completo, y cada vez resulta más difícil obtenerlo: se van generaciones enteras llevándose consigo una información valiosísima que nunca llegó a escribirse. No hay listados oficiales, ni homenajes fijos, ni monolitos donde detenerse una vez al año para recordar a los caídos. No hay piedra ni placa que obligue a la memoria colectiva a mirar de frente lo que también forma parte de nuestra pasión. Y, sin embargo, nunca desaparecen. Permanecen en el recuerdo de los aficionados, y sobre todo en el corazón de sus familias, donde el tiempo no cura ni borra. Nunca deberíamos olvidar —aunque lo hagamos en cuanto se abren los toriles— que cada tarde puede ser la última. Que la tragedia se esconde tras un puñado de arena mal pisada o en una brizna de aire que desvía un cuerpo lo justo para que el pitón encuentre destino. Tal vez no estaría de más pensar en todo esto, aunque incomode. Tal vez no sería mala idea levantar un monumento a los caídos por el toro y por esta gran pasión que tanto nos da y tanto nos exige. No como renuncia, sino como respeto. Porque recordar no es traicionar la fiesta; es honrarla en toda su verdad. El el toreo profesional muchas plazas de toros muestran placas con el recuerdo de percances fatales, muchos museos lo mismo, otros monumentos igual. En la fiesta más grande del mundo, el festejo popular, no. Da que pensar. Faltan más minutos de silencio cada año solo para perpetuar el recuerdo de los que no están porque un toro se los llevó de esta vida. La frase: “Recordar a los caídos no debilita la fiesta; la dignifica.”. Seguir leyendo
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