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APLAUSOS : NO OLVIDAR, NO OLVIDAR, NO OLVIDAR

NO OLVIDAR, NO OLVIDAR, NO OLVIDAR


Aplausos
NO OLVIDAR, NO OLVIDAR, NO OLVIDAR
Otra semana para tomar nota. Muchas. Juncal en la memoria. La primera, el festival de Valencia como ejemplo de lo que podría ser el toreo apenas se hiciesen las cosas con sentimiento y unidad -sin olvidar la inteligencia-, pero los hay que se rebelan contra cualquier avance, es como si su hábitat natural fuese la decadencia, el conformismo y el yo, yo y yo, sin querer entender que la Fundación es ahora mismo la única herramienta de defensa y ataque que tiene la Tauromaquia, la única. ¿Qué podría ser mejor?... pues mejórenla, pero súmense. Tampoco se puede obviar el descalzaperros del palco en Zaragoza, una locura, a la vista está, contagiosa y resistente a los años, capaz de cercenar una tarde de toros desde la ignorancia o la mala leche que a estas alturas quién sabe, y con una larga lista de ofendidos y damnificados en la faltriquera del usía, Fandi, Ponce, Ferrera… y sobre todo las diez mil almas a las que un señor en modo efigie recién comida ignora cada vez que viene al caso. Es una burla en beneficio de no se sabe quién o qué, ¿su vanidad acaso? Al menos asumiesen responsabilidades, en cualquier actividad de la vida si te equivocas, pagas. Sigan anotando, ahora la sabiduría suprema, la de Ponce, claro, sabiduría y agallas, para qué andarse con remilgos, sin agallas no hay cabeza ni talento, desde siempre se le ha llamado cojones, pues eso, los cojones de Ponce, que ponen en marcha su cabeza. Dirán otros, la cabeza que pone en marcha los bemoles. Podría servirme pero no, primero los bemoles y el carácter y la vergüenza y la responsabilidad de sentirse grande, y la generosidad que lleva implícita el cargo. Ahí quedó su paso por Zaragoza y la manera de encarar un imposible, que el toro del Puerto sacase lo que de bueno tenía en el fondo de su desaforada anatomía, seiscientos kilos de manso y sólo en un pliegue de sus entrañas la humillación que le inculcaron sus criadores y que el de Chiva encontró para montar la mundial mientras el presidente, en la inopia, parecía hacer la digestión de no se sabe qué, de la necedad seguramente. No importa, aunque a Ponce me consta que sí, lo hecho hecho está y esa faena es una de esas cotas a las que pueden llegar muy pocos o ninguno, es la cara lidiadora, una más, de ese Ponce capaz de mimar al templado, medir al rajado, poderle al bravo y/o inventarse cada vez que sea necesario al primero que salga por los chiqueros. Es la diferencia. En el mismo apartado hay que poner a Juli, el otro, responsabilidad de figura grande, ciencia y agallas, se anunció por gusto con seis toros, que siempre son muchos, y acabó la tarde con la sensación de que hubo más torero que toros. Ni se entregó ni se ahogó. Sigo tomando nota, ahora de lo sucedido en Madrid el día de la patria grande. A propósito, las teles autonómicas al quite, gracias, y la española de lado o, mejor dicho, del lado del que manda. De Madrid hablaba, donde una vez más hemos confundido los deseos con la terca realidad: guapos, sí; ilidiables, también; astifinos, hasta la sospecha; reincidentes en la decepción, mucho; opuestos a los originales, también, no es esa la estancia, ni el modo y la forma, donde les recordábamos… y por todo ello temibles, muy temibles. Hablamos de los pablorromeros. ¡Qué pena, cuánta nostalgia, qué dolor! A los matadores del viernes se les debe una compensación. A los tres y más a ese Pinar, torero de sólido oficio y mucha capacidad, que pagó con sangre una quimera ajena. Ya lo dijo El Gallo, lo que no puede ser no puede ser y además… jode. La última tarde del Pilar estaba dibujada para Padilla. Padilla y todo lo demás que siendo mucho no alcanzaba el mismo rango emotivo. A su reclamo, Zaragoza era desde buena mañana un hervidero de gentes y aficionados llegados de todos los puntos del mundo taurino para rendir homenaje al Pirata. No cabe extrañarse. Era lo justo, lo cabal, lo que tocaba. El jerezano es uno de los últimos milagros del toreo, seguramente el personaje que más se asemeja en los tiempos modernos al héroe de las tragedias griegas. Más allá de sus cualidades artísticas como torero, se le valorará siempre su capacidad de superación, su entereza frente a la desgracia, contra la merma visual, contra el dolor físico que nunca dejó de acompañarle, su ejemplaridad y su sentido de la responsabilidad que le permitía mantener una forma física que desafiaba a la lógica vital, escribí en Las Provincias. La tarde del domingo siguió al pie de la letra el mejor de los guiones. Fue la comunión absoluta con su gente, la ceremonia total de Padilla, el amor propio al servicio del último, penúltimo, triunfo. Un derroche de emociones. Durante el trasteo y en la procesión final. Zaragoza y el toreo rendidos al personaje. Si el toreo son emociones, si manda el corazón, lo que vivimos el domingo fue la Fiesta, más allá de ortodoxias y cánones. Y no fue lo único de la emocionante tarde. Y para que no faltase nada, a la ceremonia del Pirata se sumaron Manzanares y Talavante, la solemnidad y la chispa, la pausa del Mediterráneo y la osadía de los conquistadores extremeños. Acabado el festejo, Talavante anunció inesperadamente su retirada. No se ha ido y ya le echo de menos. Al final se llevaron a Padilla por la puerta grande. Se habían cumplido veinticinco años como matador de alternativa, siete de los cuales con la sensación de haber sido un regalo de Dios. Una prórroga a cambio de un terrible peaje. En el ambiente flotaba el recuerdo de aquel 7 de octubre de 2011, en Zaragoza, cuando con la terrible cornada del toro de Ana Romero comenzó a escribirse su leyenda. “El sufrimiento es parte de la gloria” fue sentencia que hizo propia y le acompañó desde entonces. Cuando desaparecía en procesión por la puerta grande, dejaba el recuerdo de una leyenda ejemplar, la de un hombre bravo y entero al que los malos vientos nunca lograron tronchar. Tomen nota los que vienen después. Son caminos que abrió el Pirata y engrandecen el toreo.
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