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6TOROS6 : PALCOS DE ORDENO Y MANDO

PALCOS DE ORDENO Y MANDO


6Toros6
PALCOS DE ORDENO Y MANDO
o sucedido en el palco presidencial de Zaragoza con la no concesión de trofeos pedidos por la mayoría de los espectadores es paradigmático del poder absoluto de que disponen los presidentes en la Fiesta. Creo no exagerar si afirmo que se trata, quizá, del último reducto de un tipo de poder total no sometido a controles; un poder con reminiscencias de épocas pasadas, personalistas y que nada tiene que ver con los tiempos que estamos viviendo. Se trata de cosas pequeñas de la vida, desde luego, pero lo pequeño es pequeño, no poco importante. Partamos de la base de que es necesario dar seriedad a la plaza y no convertirla en una verbena. Esa es una premisa imprescindible en la de Zaragoza y en todas las demás, sobre todo las más relevantes. En realidad, se trata de una premisa imprescindible en el conjunto de la Fiesta. Pero los mecanismos para mantener la autoridad y no malbaratar las orejas no deben quedar en manos de una única persona. Compartimos los criterios de los presidentes que no regalan orejas. Pero todo tiene un límite, que no es otro que la fuerte petición popular del trofeo. Este ha sido el caso en la plaza de la Misericordia de El Fandi, de Antonio Ferrera, de Enrique Ponce, de José María Manzanares y, en menor medida, de Alberto Álvarez. Como es lógico, todas las faenas fueron distintas, pero todas tuvieron un común denominador: que los dos presidentes (Antonio Placer Brun estuvo implicado en cuatro de los casos, mientras que José Antonio Ezquerra Rubio sólo en uno, el de Ferrera) les negaron la segunda oreja que les hubiera abierto la Puerta Grande. Todos los toreros salieron andando del coso de Pignatelli, y sin embargo en todos los casos hubo petición mayoritaria del segundo trofeo. En ésta y en otras plazas que disponen de Reglamento propio, el hecho es aún Lmás grave, porque al ser necesario cortar dos orejas a un toro para salir en hombros, los presidentes son los únicos depositarios de las llaves de la Puerta Grande, pues dos primeras orejas concedidas por el público –o seis, en el caso de una corrida de un solo matador– no sirven para salir en hombros. Digan lo que digan los puristas, me parece absolutamente antidemocrático que la capacidad de abrir la Puerta Grande recaiga en la voluntad y el criterio de una única persona. En Zaragoza (al igual que en Bilbao) se ha puesto de manifiesto el poder omnímodo de los presidentes de las corridas de toros en un aspecto tan esencial (en los casos extremos, incluso para el futuro de los toreros) como la concesión o no de trofeos. Y tanto es así que a veces da la sensación de que en las plazas concurren dos mundos distintos: por un lado, el pueblo, proclive a los triunfos; y por otro, el palco, grave y austero, circunspecto y ajeno al fervor festivo que se desarrolla a solo unos metros de distancia. El suyo es un poder personal del que no rinden cuentas a nadie, precisamente en el espectáculo más democrático que existe. Los presidentes pueden hacer lo que consideren conveniente, pasando por alto la voluntad de los espectadores, sobre todo en el tema de los trofeos, algo que no ocurre de la misma manera en el de la devolución de toros lesionados o flojos. Y esto es así porque consideran que si hacer caso a los espectadores al sacar el pañuelo verde les da prestigio, también se lo da, y muy grande, llevarles la contraria en lo relativo a los trofeos. Se trata, en realidad, más que de un ansia de mando, de un prurito de prestigio. En esas decisiones no hay otro argumento que la búsqueda de la legitimación a partir de una supuesta dureza y auto exigencia. Quizá estoy equivocado, pero de un presidente yo no espero que actúe como aficionado (porque puede o no serlo, y probablemente muchos no lo son), sino que simplemente espero que se comporte como un juez imparcial, en el que sus gustos y disgustos taurinos no cuentan. Ellos están en el palco para hacer cumplir el Reglamento y no para valorar si tal o cual torero les has gustado, con la particularidad de que sus gustos no suelen coincidir con la mayoría. El toreo es un espectáculo democrático y popular regido desde la presidencia por una élite que está por encima de un pueblo que, en su opinión, se emociona sin motivo. Una élite cuyo cometido es –piensan algunos– corregir al pueblo cuando éste se equivoca, que es casi siempre. Esta no es la Fiesta que yo concibo. Por todo esto, me parece un error gravísimo del Reglamento Taurino que la segunda oreja siga siendo potestad única y exclusiva de una sola persona que, todos lo sabemos, no vive dentro de una campana de cristal, sino que (y ahora no hablo en absoluto de los presidentes de la plaza de Zaragoza, sino que estoy generalizando) se relaciona con aficionados y con empresarios, y que además tiene que mantener un mal entendido prestigio personal de dureza ante grupos que muy bien podemos denominar de presión. En mi opinión se equivocan de igual manera los presidentes que malbaratan las orejas que aquellos que las ponen por las nubes. La historia del toreo se ha escrito sobre la base de la seriedad, sin duda, pero sobre todo se ha escrito a golpe de triunfos. Una feria sin grandes triunfadores le hace un daño irreparable a la plaza (y de paso a la ciudad), al tiempo que da argumentos a aquellos grupos antitaurinos (políticos y sociales) que consideran que la fiesta de los toros es un espectáculo obsoleto, sin apoyo popular, financiado desde el poder, decadente, aburrido, tramposo y sin triunfadores.
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